jueves, 30 de julio de 2015

Valiente - Un niño de 10 años en el Camino de Santiago








Nuestro amigo Adri (que nunca ha ido al colegio) se fue con su madre al Camino de Santiago. A la vuelta, se puso a escribir su aventura y la ha publicado bajo el título "Valiente, la aventura de un niño de 10 años en el Camino de Santiago". Como Adrián es bilingüe, la primera versión de su libro es en inglés -su lengua materna- pero ya está trabajando para traducirlo al español. Por ello ha lanzado una campaña de crowdfunding en la que podéis colaborar a cambio de una camiseta o uno o varios ejemplares de su libro en el idioma de vuestra preferencia.

Éste es su vídeo de presentación:




Podéis hacer vuestras donaciones a través de este enlace: https://www.kickstarter.com/projects/1590593304/valiente-la-aventura-de-un-nino-de-10-anos-en-el-c

Para seguirle en Facebook: https://www.facebook.com/valientethebook?pnref=story

Y para ver las fotos que incluye en el libro: http://adricercasilver5.wix.com/valientefotos


martes, 21 de julio de 2015

Educar a hijos de edades diferentes, por Liliana Castro


Cuando nazca mi segundo hijo, el mayor tendrá 10 años. Es una diferencia de edad muy considerable, por eso llevo una temporada hablando con madres de hijos que se llevan muchos años. Una de ellas es Liliana Castro, quien ha accedido a publicar aquí su testimonio.


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Hola, mi nombre es Liliana Castro.



Soy madre de tres, reciente unschooler, o más claro, desescolarizada.



Fui convocada por la querida Laura, para contarles cómo es esto de educar a hijos con edades tan diferentes.



Ellos tienen 24, sí, ¡años!, 21 y 10 respectivamente.



La verdad es que no sabía cómo empezar esta historia, y todavía creo aun no saberlo, a pesar de que ya lo hice.



Eso sí, puedo contarles como fue en mi caso.



Fui mamá a los 3 años de terminar mi secundaria. Con el papá de Gabriel y Paulino, nos casamos a mis 19, enamoradísimos y llenos de ganas de formar una familia, si era numerosa, mejor.



Pasé mi infancia creyendo que mis padres eran muy mayores para mi edad, por algunos sinsabores que viví, cosa que hacía que yo los viera poco o nada agiornados, y fundamentalmente no me entendieron casi nada. Y me formé la idea de que a los niños no les gustan los padres viejos. -Ya sé, una taradez, pero estaba convencida-. 



Siendo como desde niña muy curiosa y amante de la TV como compañía, no me perdía programa ni sección de pediatría, psicología, o de todo experto en temas de maternidad, límites, alimentación sana y todo lo que tiene que ver con la crianza de los niños. Pasando por el Dr. Socolinsky, hablando de la mentira del empacho y del mal de ojo, de alimentación saludable, hasta algún psicólogo refiriéndose a casos emblemáticos en Argentina de la época respondiendo sobre cómo prevenir casos de abuso sexual. Y solo les doy un par de miles de ejemplos más.



Hasta el día de hoy continúo en esa línea, de informarme muchísimo, buscando en las fuentes que a mi criterio son las más confiables para cada caso. Así que podría decirles que tengo casi 25 años de carrera en “crianza de hijos varones”, aunque los últimos 10 años la misma se aceleró gracias a la multilplicación de los recursos, que se volvieron infinitos, por los giros de la vida que me llevaron a especializarme en cada tema que nos involucraba. Para empezar, hace unos 10 años comencé a disfrutar del placer de la lectura, sin dejar de ser muy fanática del cine y las series. Lo practico tanto con libros en papel como vía internet.



Para qué negarles que muchas de mis lecturas devenían de inquietudes, otras veces de preocupaciones por alguna dificultad u obstáculo que aparece ante alguna conducta que ante mis ojos (aclaro que en aquel momento miraban como era yo: exigentes y estructurados) veía en ellos. Muchas otras por mera curiosidad y afinidad con la Psicología, con el fin de pulir mis acciones para su bienestar y así lograr que lleguen a ser personas de gran humanidad.



Así transcurrió la infancia de Gabriel y de Paulino, en un barrio de edificios, con plazas y espacios verdes diseminados, donde desde mi ventana podía verlos jugar…hamacas, toboganes, bicicleta, y más niños, con una libertad cuidada, y yendo al jardín de infantes y luego colegio, con las arduas jornadas infaltables e infinitas de la tarea en casa. Esto último considerado por mi al principio la única opción, y luego, a medida que se hacía enorme trabajo en casa y casi nada en los colegios, uno de los enormes garrones (como decimos en Buenos Aires) para padres e hijos. De colegios y tareas fueron desilusionándose, según analizo recién ahora, pues desde sala de 3 iban felices, y a medida que pasaban los años se fue perdiendo la magia, entre otras cosas muy básicas.



Recuerdo una anécdota que ocurrió en la primera adolescencia de Gabriel e infancia de unos sobrinos, donde yo les preguntaba –¿les gusta el cole? Ellos respondían sonriendo que sí. Y Gabriel les dijo: - Ya les va a dejar de gustar… ¿Qué tal? Y les confieso que así fue, menos con la nena, pero los dos varones dejaron de gustar del cole, como bien dijo Gabriel. Premonitorio hasta para mí, a quien le fascinaba el colegio desde la propia sala de 3. Eso de que me gustaba tanto, entre otras cosas lo atribuyo a un poco de ganas de despegar de problemas en casa y a mi espíritu competitivo y celoso, alimentado seguramente sin maldad por mis adorables seños y por mis padres: “Sos de las 2 mejores” “sos de las 3 mejores” “sos la mejor”. Anécdota: “mayor puntaje en el examen de ingreso a la secundaria, entre 180 aspirantes”…y así me fue a nivel soberbia y sus consecuencias.



Creo que es terrible para una persona soberbia encotrarse con los obstáculos que la vida te presenta. No lo es tanto para alguien a quien la humildad se le enseña desde pequeño. Este último no fue mi caso.



Así tuve que ir a terapia a mis 24 años, donde entre millones de cosas descubrí que ese pozo depresivo profundo en el que estaba, entre otros factores estaba impreso por mi perfeccionismo.



Ahora bien, saltearé épocas… si hace 15 años se cambió el chip de mi filosofía de vida que hasta el momento era muy…¡muy! estructurada, hace 11 me recibí de lo que yo llamaría “persona capaz de patear su propio tablero”. Aunque muchos le digan loca, que por cierto hoy ya lo siento como un halago.



A ver, nos conocimos con Marcelo, el papá de Lucca, mi pareja desde hacen 10 años y medio.



Gabriel y Paulino ya me buscaban novio, y cuando lo conocieron pegaron la mejor.



A partir de nuestra amistad, preguntaron si nos íbamos a poner de novios, y a partir de que sucedió, si iba a vivir con nosotros, y sin tiempo a responderles por completo, si íbamos a tener un hermanito…así de espontáneos y alegres. Siempre quisieron un tercer hermano, no me pregunten por qué. Además les cuento que a mis 3 hijos siempre les gustaron los bebés.



Cuando Lu nació creo que para sus hermanos fue amor a primera vista, pelearse por hacerle upa y por darle la mamadera era parte de lo cotidiano. Tenían 14 y 11 años respectivamente.





Y Laura me solicita hoy que cuente cómo es ser madre de tres varones de tan dispares edades…



Y puedo decirles: son muy ¡muy! diferentes, y yo fui siendo con cada uno muy diferente también.



Porque cada uno me enseñó alguna cosa, que con el siguiente vi que no funcionaba. Y también algunas otras que volvía a poner en práctica entre uno y otro y sí funcionaban en ambos casos. Igualmente hoy por hoy me doy cuenta de que nunca aprenderé lo suficiente para mi curiosidad. 



Pero hay algo que recién aprendimos cuando Lucca tenía 3 años: todos tenemos tiempos diferentes, pero literal, infinitamente diferentes, y por lo tanto tenemos necesidades diferentes. Tenemos talentos, inquietudes, fortalezas, habilidades y experiencias totalmente diferentes unos de otros, todos y cada uno de los seres humanos sobre la Tierra. Lo aprendimos a partir de llantos de los 4, cuando nos dijeron que “era” diferente. Fue una pesadilla, que es para otro relato, de la cual salimos progresivamente, juntos y con la compañía y el sostén amoroso de su neurólogo, sus fonoaudiólogas, su psicóloga y su psicopedagoga. Por supuesto también con la contención de mi psicóloga, su amor y su paciencia. Pero además con toda la información que no solo leí, vi, escuché, sino que DEVORÉ. Hoy Lucca tiene su alta, ya se cumplieron ni sé cuántos años de que la obtuvo, porque no recuerdo si fue en 2011 o en 2012, pero tampoco me preocupa.





Y yo, su mamá, estoy comprometida de por vida a brindarles a los tres mi paciencia (confieso que más reciente de lo que me gustaría), mi compañía, mis conocimientos, además de mi amor enorme. Pero principalmente a transitar junto a ellos el camino para llegar hasta el infinito de la felicidad de cada uno.




Cada niño se educa no solo de su mamá (cosa que en mi idilio con Gabriel y Paulino creí fervientemente), sino de su papá, de su hermano, primos tíos, abuelos y entorno en general.


Cada niño aprende de cada miembro de su familia, pero además enseña a cada miembro de su familia algo. Pero gente, ese algo es muy pero muy valioso, porque tiene una dimensión enorme, tal vez infinita. Como cada persona con la que uno se relaciona, que puede imprimir en nuestra vida muchísimo de su propia humanidad. 



Tal vez en algún momento tendí a generalizar, por eso les pido que sepan que solamente hablé de nuestra historia, de la de nuestra familia.





Y además un favor muy personal: que me envíen preguntas, porque estoy segura de que algo falta, siempre, cuando se trata de “contar” aunque sea parte de la vida de las personas.


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Para contactar con Liliana: Unschoolers en Argentina (Facebook)


viernes, 17 de julio de 2015

Londres con niños



Un día Damián me dijo que pronto se iba a celebrar la Minecon. 

Sí, yo también puse esa cara.

¿¿¡La qué!?? 

La Minecon, decía con toda naturalidad. Es la convención mundial de Minecraft, que se hace cada año en una ciudad diferente. Al parecer el año pasado no se celebró (tal vez porque Mojnag estaba en trámites de ser adquirida por Microsoft y había dudas de lo que pasaría con la empresa). Estuve pendiente del tema y, cuando se publicó el destino de 2015 y vi que era Londres, decidí que teníamos que ir. Pensé que tal vez tardaría años en volverse a celebrar tan cerca de casa. ¿Y si los años siguientes se hacía en Australia, Japón o Canadá? No sería tan fácil como ir a Londres y Damián está realmente metido en este mundillo, así que no lo dudé ni por un momento.

Conseguir entradas es difícil y sobre todo este año, que había mucha expectación por el hecho de que el año pasado no se celebrara. Para que os hagáis una idea: en la primera edición, en 2011, asistieron unas 200 personas. En la de 2015, 10.000.

La mitad de las entradas se pone a la venta un día concreto a una hora concreta y la otra mitad sale a la venta al día siguiente también a una hora determinada. Leí que, en años anteriores, se habían agotado en los tres primeros minutos. Pero, aún así, lo intenté. No lo conseguí pero tampoco me rendí. Seguí actualizando la página insistentemente, como Sheldon Cooper y sus amigos cuando intentaban conseguir entradas para la Comicon. Finalmente, alguien no debió conseguir completar la transacción y quedó una entrada disponible. ¡¡Horror!! No sabía qué hacer. Necesitaba al menos dos entradas. Idealmente, tres. Decidí comprarla porque sabía que luego podían devolverse. Así que la compré y seguí actualizando la página casi con desesperación. Media hora después, y en contra de todo pronóstico, aparecieron otras dos entradas disponibles. ¡¡Podíamos irnos los tres!!

Entonces decidimos que, ya que íbamos a Londres podíamos hacer un poco de turismo. Dos días de turismo y dos días de Minecon. Yo había estado dos veces en Londres pero eso fue antes de tener hijos, así que no sabía muy bien qué hacer esta vez. Finalmente, éstos son los lugares que visitamos (Londres da para mucho más, pero sólo teníamos dos días).

- Churchill War Rooms. Forma parte del Museo Imperial de la Guerra. Se pueden visitar las salas del gabinete de guerra, las oficinas bajo tierra desde donde Churchill y su equipo tomaron todas las decisiones sobre los movimientos británicos en la segunda guerra mundial. Cuando lo visité en el año 1996 sólo se podía ver el gabinete de guerra, pero ahora hay además un amplio museo sobre la vida de Winston Churchill con algunas aplicaciones interactivas, vídeos y objetos auténticos que le pertenecieron. La visita completa dura unos 90 minutos.



- Palacio de Westminster. No entramos, pero merece la pena verlo y dar un paseo por los alrededores. Vimos el Big Ben (que después Damián y su amigo Adri reprodujeron en Minecraft), las Casas del Parlamento, la Abadía de Westminster y el London Eye (la famosa noria a orillas del río Támesis). Desde allí fuimos caminando hasta Trafalgar Square a presentar nuestros respetos al almirante Nelson, a quien sentimos como propio dada su vinculación con la isla de Menorca (las lecciones de historia sobre el terreno siempre son las mejores).







- Museo de Historia Natural. Poco hay que decir sobre este museo. No pudimos ir al de Nueva York así que éste no nos lo perdíamos por nada del mundo. Aunque a mi, la verdad, no me gusta mucho la parte de los animales disecados... Pero, bichos aparte, es el típico sitio donde compraría la tienda entera.



- Museo de Ciencias. Fue, sin duda, el que más nos gustó a todos. Fuimos con unos amigos unschoolers que también estaban en Londres para ir a la Minecon. Lo mejor de este museo es que casi todo es interactivo y aprendes sin darte cuenta y divirtiéndote mucho. En realidad, yo aprendí algunas cosas que supuestamente me habían enseñado en el colegio. Si digo la verdad, casi tuvieron que echarnos porque era la hora de cerrar y no nos queríamos ir. Si hubiéramos tenido más días probablemente habríamos vuelto, porque la entrada es gratuita.









- Museo Británico. Una visita imprescindible en esta ciudad, sobre todo después de haber visto la película "Noche en el museo 3".

- Hyde Park. Fuimos porque nos venía de paso y teníamos un rato libre pero, sinceramente, prefiero el Parque del Retiro de Madrid. Eso sí, el Memorial a Diana de Gales es un lugar precioso, con un ambiente tranquilo y muy familiar. No dejéis de visitarlo si vais a Londres con niños pequeños.





La traca final del viaje fue la visita a la Minecon en la que, sin saberlo, ayudamos a obtener un record Guiness: el evento con mayor asistencia dedicado a un sólo videojuego. Fuimos 10.000 personas de todas las edades.




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Más artículos de viajes con niños: 







miércoles, 8 de julio de 2015

Unschooling: qué es y, sobre todo, qué no es


*Boletín gratuito enviado el 6 de enero de 2015.




“Unschooling” significa, literalmente, “no escuela”. El término lo acuñó el profesor John Holt en la década de los 70, inspirado por un anuncio de 7 Up cuyo slogan era “there’s no cola like the uncola”. Se definía al refresco por contraposición a los clásicos refrescos de cola; se definía por lo que no tenía en vez de por lo que sí tenía. Así que a Holt se le ocurrió que era exactamente lo mismo que él proponía para la educación de los niños, una educación que se define por lo que no tiene de escolar en vez de definirla por lo que sí tiene. ¿Por qué? Porque los unschoolers no separamos el aprendizaje del resto de la vida, así que es casi imposible definirlo como “método” educativo en base a sus características si no es comparándolo con la escuela y poniendo el énfasis en la diferencia.



Pero ahora el unschooling se ha puesto de moda (lo cual no es para nada una buena noticia), hay gente que escribe sobre ello sin conocerlo y, peor aún, hay gente que decide practicarlo sin conocerlo bien o sin haberlo comprendido. Se está reduciendo el unschooling a algo así como “dejar al niño en libertad, para que aprenda solo, sin intervención de los adultos”. Eso lleva fácilmente a una dejación de funciones por parte de los padres.


El principio básico del unschooling es que no se separa el aprendizaje del resto de la vida. Se parte de la convicción de que se puede aprender (y de hecho, se aprende) en todo momento y lugar. Desde este punto de vista es igual de educativa una clase magistral, como una exposición, un libro, una película, un juego o un paseo por el campo. En realidad el aprendizaje ni siquiera es el objetivo fundamental. El objetivo de la familia unschooler es el desarrollo personal de cada uno de sus miembros y la convivencia armónica y pacífica en la familia. El aprendizaje no es más que un deseable efecto secundario de una vida plena.


Si el padre asume el rol de profesor, será homeschooler pero no unschooler. Esto no es un juicio, sino un hecho. No hay nada de malo en ser homeschooler. Pero para ser verdaderamente unschooler uno tiene que librarse de la inercia de convertirse en profesor, de extraer lecciones de cada cosa que se haga y se diga. Los padres unschoolers no damos lecciones a nuestros hijos. Tenemos conversaciones con ellos, como las tendríamos con otros adultos o con niños cuya educación no sea nuestra responsabilidad.


Se suele decir que le interés debe partir del niño y que, si no es así, no es unschooling. Ese tipo de afirmación sólo puede hacerla alguien con la mente muy escolarizada porque lo importante no es el origen del interés sino su satisfacción. El papel de los padres, precisamente, es el de proporcionar un entorno rico en experiencias y estímulos variados, de modo que el niño tenga muchas opciones a su alcance y pueda probar y descartar las que quiera cuando quiera. Al contrario de lo que algunos parecen entender, el padre unschooler no se queda sentado esperando que un interés despierte en el niño. Un padre unschooler está presente, está disponible para sus hijos, habla con ellos, les enseña lo que hace, los lleva a ver y hacer todo tipo de actividades y está siempre dispuesto a responder a sus preguntas y a buscar cuantos recursos sean necesarios para que los niños puedan satisfacer sus intereses, sean éstos cuáles sean.


El peligro está en simplificar y reducir el unschooling a cuatro frases bien-sonantes, slogans que parecen válidos si uno se queda sólo en la superficie. Veamos, como ejemplo, este texto que compartí hace unos días en Facebook:


“Es una modalidad educativa dentro del homeschooling.” Esto es cierto; el unschooling es una de las muchas formas que existen de hacer homeschooling, es decir, de educar a los niños sin escolarizarles.


“Se basa en dos premisas fundamentales: El aprendizaje debe partir única y exclusivamente por parte del niño/a”. Como dije antes, el origen del interés por aprender es irrelevante. Es perfectamente legítimo -y sigue siendo unschooling- que un padre músico, por ejemplo, enseñe a sus hijos cómo se toca el piano, cómo son las partituras y cómo se hace el mantenimiento del instrumento. Si eso despierta el interés del niño y éste decide tomar lecciones de piano o intentar aprender por si mismo, entonces seguimos estando ante una familia unschooler. El interés ha partido del padre y se lo ha trasladado al niño sin imposiciones ni chantajes. Siempre que haya habido respeto y el niño haya tenido libertad de decidir, seguirá siendo unschooling.


“y hay que acompañar al niño/a en ese proceso.” Depende de lo que se entienda por “acompañar”. El padre unschooler estará siempre atento a lo que hagan sus hijos, hablará con ellos y compartirá todos los aprendizajes que ambos deseen compartir. A veces, acompañar al niño significa precisamente dejarle libre, quitarse de enmedio, dejarle tiempo y espacio para hacer las cosas a su manera; sin desaparecer, pues el niño debe saber que seguimos estando ahí para él siempre que nos necesite o nos quiera formando parte activamente de sus actividades.


“Cuando la voluntad e interés del niño/a se manifiesta sin intervención previa del adulto/a, estaremos hablando de unschooling.” También aquí depende de la definición que demos a la “intervención”. ¿Es intervenir lo que hizo el padre músico del ejemplo anterior? ¿Es intervenir llevar al niño a una exposición sobre la Segunda Guerra Mundial que acabe despertando en el niño el interés por la historia? “Intervenir”, según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española es “tomar parte en un asunto”. Y es innegable que los padres unschoolers tomamos parte en la educación y en la vida de nuestros hijos.



“Es un aprendizaje no estructurado”. No es una educación estructurada en el sentido de tener una programación anual, con unos objetivos a cumplir y una organización del tiempo y de los recursos como sí tienen algunos homeschoolers y como se tiene en la escuela. Pero el aprendizaje muchas veces sí es estructurado. Un unschooler puede decidir ir a la escuela de música para aprender a tocar el violín porque es muy difícil aprender por uno mismo, sin un profesor que te guíe y te enseñe, pero no por ello dejará de ser unschooler.



“El adulto no hace propuestas formativas ni académicas.” El adulto puede y debe hacer propuestas porque conoce bien al niño y en ocasiones puede pensar que cierta actividad puede gustarle, aunque sea “académica”. Cuando mi hijo se interesó por el karate le propuse que se apuntara a un curso. ¿Es eso una “propuesta formativa”? ¡Desde luego que lo es! ¿Nos convierte eso en no-unschoolers? ¡Por supuesto que no! En realidad, los padres unschoolers nos pasamos casi todo el tiempo haciendo propuestas.



“No debemos confundir al unschooling con dejar al niño sin cuidados o supervisión, todo lo contrario.” Y sin embargo, a causa de artículos como éste mismo hay familias que se lanzan a la aventura del unschooling sin haberlo comprendido, creyendo que deben callar cada vez que se les pase por la cabeza la idea de sugerir a sus hijos una actividad que parezca “formativa” o “académica”, que creen que deben ser sólo espectadores en las vidas de sus hijos que, por generación espontánea, van a desarrollar intereses y a completar aprendizajes sin la ayuda de nadie.


Por ello algunas familias deciden, tras semanas o meses de intentarlo, que el unschooling “no funciona” o que el unschooling “no es para ellos”. La verdad es que el unschooling sí funciona; lo que no funciona es dejar a los niños solos ante el mundo para que lo exploren y descubran sus intereses y hagan sus aprendizajes. En el unschooling los padres tenemos un papel activo. Muy activo, en realidad. Cierto que no nos sentamos al inicio del curso (porque para nosotros el año empieza en enero y no en septiembre) a escribir la lista de nuestros objetivos y la planificación para todo el año. Cierto que no decidimos qué van a aprender nuestros hijos, ni cómo ni cuándo van a aprenderlo. Pero sí nos dedicamos a explorar nosotros mismos todo el mundo que nos rodea buscando cosas que puedan interesar a nuestros hijos. Organizamos actividades y salidas culturales, sociales y lúdicas con la expectativa de que algo resonará con nuestros hijos y querrán seguir investigando alguno de los temas que hayan descubierto en esas actividades organizadas y propuestas por nosotros.


El primer paso, por supuesto, es la desescolarización interior. Difícilmente un adulto podrá hacer unschooling con sus hijos si previamente no se ha desencolarizado a nivel mental y emocional. Como siempre, Sandra Dodd lo explica maravillosamente bien:


"No se trata de “solo decir no”. Solo decir no a los años académicos y los horarios escolares y las expectativas de la escuela, los hábitos y miedos y terminología de la escuela. Solo decir no a la separación del mundo entre cosas que son importantes y cosas que no lo son, separar el conocimiento en matemáticas, ciencia, las artes de la historia y la lengua, con la música, el arte y la educación física ocupando sus pequeños lugares insignificantes.

La mayor parte del Unschooling debe ocurrir en el interior de los padres. Necesitan dedicar algún tiempo a catalogar lo que es real y lo que es estructurado, lo que ocurre en la naturaleza y lo que únicamente ocurre en la escuela (y, por tanto, en las mentes de aquellos a los que les dijeron que la escuela era la vida real, que la escuela era el trabajo a tiempo completo de los niños, que la escuela era más importante que cualquier otra cosa, que la escuela los apartaría de la ignorancia, que la escuela los haría felices y ricos y correctos). Es lo que ocurre después de que todas estas ideas sobre la escuela sean desterradas de tu vida.”





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miércoles, 10 de junio de 2015

¿Te puedes divertir a cualquier hora del día?




*Boletín gratuito enviado el 6 de mayo de 2015.



Recientemente he tenido algunos clientes que me han planteado cuestiones muy interesantes. Sobre una de ellas ya hablé en un boletín del pasado mes de abril (puedes leerlo aquí). Muchas mujeres piden consejo sobre cómo convencer a sus maridos de que educar en casa es una buena opción para su familia. Además de lo que comenté en el boletín, algunas personas compartieron su experiencia y dijeron cosas cómo éstas:



-Decirle que sale más barato que llevarlo a la escuela
-Darle libros y artículos de John Holt, John Taylor Gatto y Sandra Dodd
-Enseñarle vídeos sobre homeschooling
-Hablar (conversar) mucho pero sin presionar y con la mente abierta
-Intentar que hable con otros hombres (a veces les hacen más caso que a sus propias mujeres, comenta alguien)
-Llevarle a encuentros para que conozca a familias que ya educan en casa





Otro tema interesante es el de la gestión del tiempo. La mayoría de las veces cuando me preguntan por esto se refieren a cómo organizarse para que les de tiempo a trabajar, ocuparse de los niños, organizar la casa, hacer las compras, cocinar, etc. Pero de vez en cuando la pregunta va más bien dirigida a tratar de comprender la aplicación práctica del concepto del unschooling. En el unschooling no se distingue el tiempo de aprendizaje del resto de la vida, por tanto, todas las actividades (TODAS) tienen exactamente el mismo potencial educativo. Por eso, cuando me preguntan cuánto tiempo dedico a la educación de mi hijo nunca sé si contestar 0 horas diarias o 24 horas diarias, principalmente porque sé que mi interlocutor está pensando en cuántas horas me siento con mi hijo a "estudiar" y a "enseñarle". Pero el unschooling no funciona así.



La semana pasada un cliente lo expresó de esta manera: "Las cosas divertidas se hacen por la tarde o el fin de semana, cuando has terminado tus obligaciones". Me gustó su forma de expresarlo porque es lo que mucha gente piensa aunque no sepan verbalizarlo. Durante muchos años hemos estado inmersos en un sistema que nos ha programado para pensar así. Primero cumples tus obligaciones. Madrugas, vas al trabajo o a la escuela, comes, arreglas tu casa y, después, si te queda algo de tiempo, puedes hacer lo que te apetezca: leer, ver la tele, hacer punto de cruz o irte al bar a tomar unas cañas. No importa cuál sea la actividad específica, lo que importa es que estás dividiendo tu tiempo en tiempo de obligaciones y tiempo de ocio. Es muy conveniente, especialmente cuando uno se está desescolarizando, replantearnos el concepto del tiempo y de las actividades que nos permitimos o no nos permitimos hacer en cada momento.




Una de las tareas que propongo en mis talleres de la Desescolarización Interior consiste precisamente en hacer algo, al menos un día, que te haga sentir incómodo porque consideras que "no toca" en ese momento. Para unos puede ser ver una película un lunes a las 11 de la mañana (¡y mejor en pijama!), para otros puede ser cenar un desayuno o comer fuera de las horas habituales, para otros, ir al parque por la mañana. Hay muchas opciones. Lo importante es tomar conciencia de esta limitación que nos imponemos (porque nos han programado para que nos la auto-impongamos) y probarlo aunque sea sólo una vez, para comprobar que no se acaba el mundo, que no pasa nada por hacer actividades que consideramos nocturnas o de fin de semana cualquier día por la mañana (o viceversa).



Cuando ibas al colegio tenías que madrugar, tal ves desayunar a toda prisa, ir a la escuela, comer, hacer los deberes, ir a las extraescolares, cenar y, por la noche, tenías un ratito de tiempo libre para hacer lo que quisieras. Pero ahora estás desescolarizando a tus hijos. Ahora sois dueños de vuestro propio tiempo. ¿Qué te parecería levantarte sin despertador y desayunar con calma? ¿Qué te parecería no planificar el día e ir improvisando sobre la marcha? Cuando consigas cambiar tu percepción del tiempo habrás dado un gran paso en tu camino de desescolarización interior. Después, obviamente, puedes organizar tu tiempo como quieras y planificar cuánto quieras, pero es preciso deshacerse primero de esa necesidad, sobre todo porque es una necesidad ficticia, impuesta por un sistema que nos ha robado el tiempo y la libertad prácticamente desde el nacimiento.




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